Graduación (randonnneur)

Tu burbuja es la luz que te rodea cuando estás inmerso en la nada.

Vaya manera de empezar una historia ciclista. Le quitan a Coelho el micro, ¿porfi?. Gracias.

Llevo una luz en el casco y así apunta al mismo sitio donde quiera que apunten mis gafas. La luz que emite es blanca y muy brillante. Tecnología fina. De la que te fríe las retinas si la miras sin gafas de sol puestas. La virgen de Lourdes de las luces de casco.

"Prohibido el uso de barcos a motor"

No se dónde estoy. Bueno, el GPS del móvil lo sabe, lo muestra en un mapa y me lo dice, pero saberlo, la verdad, es que me sirve de poco. Sé que voy por la carretera que debo por lo que perdido no ando. De vez en cuando veo casas con sus luces encendidas por lo que por aquí hay gente viviendo y por ello en caso de apuro… Hay mucha oscuridad y mis luces (las de pilas, una en el casco, dos en el manillar) llegan hasta donde llegan.

"Prohibido el uso de barcos a motor"

En el punto intermedio me he cenado un salmón al horno de aupa, con un aporte extra de patatas fritas pero aún con la cocacola y el café hace rato que las funciones superiores del cerebro están en un rincón y que el ingeniero al cargo ha sido depuesto por el militar cuyo despliegue reservamos en situaciones de absoluta crisis. No es cansancio, es otra cosa. Puedes estar cansado y el de los galones no aparece. Éste hace rato que va dictando órdenes y lo sé.

Es más, lo siento mandar. Como he sentido miedo hace un rato. Tenía árboles a derecha e izquierda pero hay tramos en los que sólo hay oscuridad, la burbuja presta lo que presta, y rodeado de nada me ha entrado el miedo. Entonces el milico ha dicho que por aquí, que sigue habiendo carretera, que sigas y que pedelees, que cuanto más lo hagas antes llegas a casa. Ya no saco el móvil para ver el mapa, si éso saco la hoja que me dice qué cruce tomar y cuantos kilómetors hay hasta el siguiente.

¿Os he dicho que está lloviendo?

Al salir del restaurante ya de noche he sentido el viento en las orejas y la lluvia fina en la nariz. Como no lo sentía en ninguna otra parte de mi cuerpo he felicitado a los que hacen el textil para ésto mientras sonreía. Son buenas noticias que el material esté de tu parte. Esto marcha, pan comido, que bien se ve uno recién cenado.

"Prohibido el uso de barcos a motor".

Se me enciende la bombilla (la mental). Son señales de aviso con su revestimiento reflectante. La luz del casco hace que chillen con más fuerza. Debo de estar rodeado de lagos y los residentes no quieren ruidos de los navegantes. Rema, si éso. De ahí que los árboles de los lados de la carretera desaparezcan de repente y no veo nada porque estoy mirando a un lago que no veo no refleja mis luces (las de pilas).

Lo llaman ciclismo randonneur, ciclismo audax, ciclismo autosostenido… Tú, tu montura y lo que puedas llevar encima. No salen de casa si no es para meterse entre pecho y espalda varios centenares de kilómetros en eventos que llaman “brevets”. Hay tiempo máximo para completrarlos: 90 horas si la “excursión” es de 1200km como la Madrid-Gijón-Madrid del año que viene.

La premisa es simple: un punto de partida, un punto de llegada y unos puntos de control donde tienes que fichar, te ponen un cuño, dentro del tiempo establecido. Todo aquel que termine uno tiene derecho a llamarse “randonneur” de por vida. Las buenas noticias es que el de hoy es el más pequeño posible: sólo 200km y debería ser factible hacerlo en trece horas y media que es el límite, ¿no?

En éso estamos.

El problema es que los muy c*br*n*s han organizado la salida a las 3 de la tarde y asumiendo una media de 25km/h, como pronto estaría de vuela dos horas después de que anochezca, que por aquí ahora es a eso de las nueve. La realidad es que el punto de control es un restaurante a 100km donde, aparte de que te pongan el cuñito, habrá que cenar y descansar un rato. Tampoco lo sabía, pero esos 25km/h de media son una quimera que estoy descubriendo mientras especulo sobre lo de los lagos, los remos y los residentes: al ser de noche voy a ir mucho más despacio, especialmente en las bajadas porque no sabes dónde empiezan y terminan las curvas. Mis luces (ambas) dan lo que dan. Luego está la lluvia sobre el asfalto que hace que pierdas algo de agarre. Claro que no se llamaría audax si no tuviera estas cosas.

Allende el Kehä-III, lejos de la capi, es donde Finlandia es. Vastos bosques, espacios rurales, todo salpicado por alguna granja o cuatro casas juntas que si bien no llaman pueblo si merecen una señal de tráfico que apunta a ellos: “Pienikohde 15”, “Mikäpaikka 27” y entre medias una gasolinera donde igual repostas que compras leña, anticongelante, la correa de la distribución del tractor o haces un alto y te tomas un café a salvo de lo que haya ahí afuera que en invierno es mucho frío. Si abren 24 horas es probable que la hoja de ruta, ésa que me dice por qué carretera ir, las incluya: nunca se sabe cuando necesitas rodearte un rato de una burbuja hecha de materiales de construcción y con calefacción.

La gasolinera de Elaintarha aquí en Helsinki no cierra las 24 horas. En un radio de 1000 metros alrededor de ella está: el estadio olímpico, el estadio de hockey del HIFK, la estación de Pasila y el McDonalds de Töölo. Por ella pasan los tranvías (uno en cada sentido) de la línea 3 que es circular y delante de sus narices hay invariablemente una congestión de tráfico los días laborables. No hay gasolinera más urbanita que ésta después de que cerraran la de Erottaja que no vendía gasolina sino que era un pufo para tener la tienda abierta siempre y vender morapio y otros enjuagues de gorja en plena zona de copas.

Entro en la estación de servicio referida llevando en la mano el carnet de ruta para que me pongan el sello en el espacio correspondiente. Sin mediar palabra o explicar la situación y ante mi asombro la moza lo saca del mostrador y con la naturalidad de llevar haciéndolo toda su pe.punto.vida lo estampa con una sonrisa. Vamos, como si piraos’ que parece que vengan de la guerra en bici hicieran esto muy a menudo.

No le he dado todavía las gracias y me voy a buscarme un té, calentito. Pagando entonces sí hablo. No me mira con cara extraña ni de querer meterme en la lavadora. Son las tres y cinco minutos de la madrugada del domingo. 85 minutos menos del tiempo requerido. En situaciones normales echaría pestes por esos cinco minutos. Insisto: en situaciones normales, porque desde el 9 de septiembre, fecha en la que ocurrió esta locura, puedo llamarme “randonneur” de por vida.

La cosa es que allá en la oscuridad donde sólo ves tres metros de asfalto delante tuyo le pille gusto al tema. Allí descubrí que el milico y yo nos llevamos bien. Éso abre todo un camino de posibilidades.

Foto conmemorativa, siempre hay una