El segundo sonido más bonito del mundo

Nunca sabes cuando empieza el puerto de montaña. Lo puede haber marcado la organización pero con el plato chico y el picor ya sabes tú más que la señalización de carrera.

El picor, la cuenta atrás. El saber que tras un número de minutos que bien conoces te va a poder la fatiga y tus piernas serán dos apéndices sin función.

Claro que hasta que éso pase ahí que sigues, con la emoción del momento y a la vez que buscas el final de la subida también adviertes la que dejaste atrás mientras recuerdas que ahí abajo estabas tú hace un rato y que todo elefante se devora cachito a cachito.

Tu boca abierta busca atragantarse de aire. Tus fauces se han ido agrandando desde el comienzo de la subida con la intensidad del esfuerzo. Abajo podías sonreír y conversar, arriba no puedes alterar el ritmo de tu respiración sin arrepentirte. La ecuación es sencilla: mayores esfuerzos precisan mayor cantidad de oxígeno. Claro que ésto no es eterno y llegarás a tu límite: un punto donde tus pulmones no dan más de sí.

Ah, pero la naturaleza es sabia y tu cuerpo puede más. Ahí es cuando tiras, literalmente, de corazón porque a éste todavía le queda capacidad de bombeo. A situaciones así la ONU las llamaría tortura aunque tú lo llamas entrenar y esperas que sirva de algo porque de momento bastante tienes con coronar y recuperar el resuello cuesta abajo mientras y dependiendo de gustos musitas un bisílabo. Sólo si el esfuerzo lo merece, claro.

Entrenar. Ocho letras, primera conjugación. Se pronuncia fácil.

Un día en carrera haces tuya la relamida frase “hoy me sentía fuerte” o la “hoy me acompañaban las fuerzas” que has leído en prensa deportiva mil veces. Todos en el pelotón con la lengua fuera y tú ahí dentro tranquilo no sabes a qué viene tanto zafarrancho. Pedaleas pero te pondrías a silbar. En la primera cuesta te apetece hacer una sobrada pero te vas a guardar el hacha porque quedan 3 cifras de kilometraje por delante. En cualquier caso y por una vez te conviertes en tu ídolo. Divagas:

- Ah, ésto es. Así se sienten.

Afirmas tras haberle encontrado el sentido a tanto sudor pasado, a los watios, a las pulsaciones, al gimnasio… al universo en una palabra. Sonríes.

Y te caes.

Te caes porque hay mil razones por las que la gente se cae en carrera. Razones que tú sospechas pero que nunca has comprobado, hasta que empieza la secuencia que termina contigo zambulléndote en el asfalto.

Ese lapso de tiempo sólo es comparable a cuando un villano se despeña en el cine solo que aquí en vez de una acantilado es el metro escaso de altura de tu sillín en una carretera secundaria. Se te hace largo, claro, porque te sabes al dedillo esta película.

Llegas abajo y la dureza del alquitrán te recibe, si bien no te frena. Esa felicidad de ir raudo sin apenas inmutarse segundos atrás se convierte en la tiranía de la física: va a costar más frenarte. Para eso está el abrazo del firme y sus uñas que son como rasquetas. Rasquetas que se ceban en el casco los tres segundos que dura el arrastre y que suena como un temazo que acompañas con una mueca de celebración por el alivio de sentir cómo la susodicha física devora la pintura del casco pero no tu cabeza.

Después te levantarás, intentaras recomponerte, pasar lista a tus huesos y celebrar que los tienes todos, mal que bien, en estado de revista. Sospecharás que esta carrera no la terminas aunque tienes ahora mismo otras preocupaciones. Te incorporarás y mirarás a tu alrededor, alegrándote de estar erguido, preocupándote de los otros que también se han caído y que todavía están en el suelo.

Buscarás tu teléfono en tu dolorida espalda porque lo de ése pinta mal y mejor llamas a una ambulancia. Pasarás frío mientras llega. Le levantarás la pierna como te han dicho los de emergencias por teléfono porque sangra. En algún momento irás a la cuneta donde está la que era tu montura. La sacarás más tarde. Te preguntarás cuándo pasa el coche escoba mientras tus pensamientos se congelan ante una rueda retorcida.

Ni te planteas quitarte el casco todavía. No lo sabes pero el golpe ha sido de los guapos y sus consecuencias trascienden la chapa y los colorines.

En el tiempo que trascurre hasta que os evacúan rememoras el temazo que está todavía fresco en tu memoria y reordenas las canciones de la banda sonora de tu vida. El llanto de tu hijo al nacer sigue inamovible en la tabla pero por debajo todo pierde un puesto. ¿El “sí, quiero”?, ¿tu nombre saliendo de ciertos labios en cierto momento?… ¡Quiá!.

La temporada terminó antes de lo previsto. Atrás queda el ciruja, las enfermeras, el paracetamol, la sutura y la fisio a la que le queda tan bien en blanco. Se te han ido tres cifras en repuestos porque anda cómo trajiste la bici. Pero hay ganas de empezar a preparar el año que viene.

A fin de cuentas hasta en las peores situaciones somos capaces de sacarnos una media sonrisa. Que todo se quede en descubrir nuevas canciones. Suerte a todos.